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日志


9月26日

Reunión Ketteriana '06

InTRo

No se puede pedir que algo como lo que ocurrió el pasado fin de semana ocurra cada 7 días. Tampoco una vez al mes. Ni siquiera cada año. O tal vez sí pueda pedirse, pero la realidad es que viene sucediendo cada tres años. Y la magia está, como comentaba con Vito esta tarde, en que en realidad es imposible percibir que ha transcurrido tanto tiempo desde la última reunión Ketteriana.

Como estoy cansado de los resúmenes de mi vida que parecen crónicas de sucesos, he decidido saltarme un poco el estándar esta vez… A ver qué sale…

I. MadRId

El lugar elegido fue Madrid. Por logística y alojamiento. Y Madrid nos la jugó bien jugada. Para empezar… ¿qué es eso de la ley antibotellón? ¿Acaso no es sólo una tontería con la que rellenar telediarios? ¿Que no se puede comprar alcohol a partir de las 22:00???? Pero la pregunta que más me inquieta es… ¿eso en Pucela pasa??? Y lo peor no fue tener que buscar El Quinto Elemento para que nos mantuviera en pie toda la noche, ni las cervezas de 4€ del karaoke, no, lo peor fue la cara de la tipa del Abierto 24 horas que nos dijo que no nos vendía ni vino ni hostias… ¿Desde cuándo está tan mal visto hacer botellón en casa???

Si era una confabulación cósmica para evitar la debacle que caería sobre la capi, no salió nada bien, pero de eso hablaré dispersamente en el punto II.

Al día siguiente pareció que habíamos aprendido de nuestros errores, y sin embargo la planificación del botellón volvió a ser nefasta. Tuvimos que salir a correr a por el cercanías que nos llevaría a Madrid con una botella de ron a medias en casa y media de vodka escondida en mi bolso. Hasta que la encontró el portero del primer (y único) bar que visitamos esa noche.

Por lo demás, y como me dijo un taxista madrileño al volver de Italia… ¿cuándo c*j***s van a encontrar el tesoro??? Me recuerdan a… nah, lo omito, que ahora todos estáis viendo Prison Break (por fin). Por lo que contaba Vito una ciudad en obras es un auténtico sistema anti-GPS…

II. eXcesivo

Es que no hay otra palabra que englobe mejor todas las cosas extrañas que ocurrieron entre el 22 y el 24 de septiembre de 2006 en diversos lugares entre Alcobendas y Madrid que nos vieron ir y venir… Y como intentar narrarlo es absurdo, daré unas pinceladas nada más…

Fotos de grupo, cerditos, volteretas, setos frondosos, insurrección, la gran manzana, Kame-Hame-Ha, el Segundo Elemento, macarrones para seis y dos pizzas por cabeza, “Nacho no está”, setos poco frondosos, paradas de autobús, cambios de ropa, el mejor yogur del mundo, “¿qué más tienen que hacer para que las entréis?”, un tanque, un montón de pelis, minis vs. cachis, la hora en el Reino Unido, “¡A por ellos!”, Turnedo, el vodka (ya no lo ves), despedidas en el metro, el Quinto Elemento, conversaciones telefónicas, nos tiene que invitar a un chupito, muchos libros, “¿Dónde estás? No te veeeeeeeeeeeo”… Y muchos otros extractos que no caben aquí, como tampoco cupieron en el billete de autobús de regreso.

III. ReeNCueNtROs

Hacía tres años que no veía a Jose, Manu y Nacho; a Marta no la había vuelto a ver desde que estuvimos en Kettering… la friolera de seis años!!; con Vero estuvimos un par de días cuando alquilamos un C4 para visitar tierras Galaicas el año pasado, y a Vito no me lo he quitado de encima en todo este verano.

Tal vez fuera el hecho de que la última vez que nos reunimos (casi) todos fuera también en casa de Nacho en Alcobendas, lo que propició que todo pareciera tan cotidiano. Nos pusimos al día durante todo el finde, intercalando los “entonces tú qué haces?” con “y esta otra peli, la has visto??” y derivados. Eso cuando no se nos iba la pinza sin más...

La sensación que yo me he llevado, por el contrario a lo que algunas veces sostengo al generalizar (el caso es que es un tema sobre el que mi opinión fluctúa bastante), es que en realidad no hemos cambiado. Somos los mismos, pero somos más nosotros mismos que antes, estamos cada vez más definidos, pero en el mismo sentido en el que lo estábamos hace años. Y si hace años encajábamos a la perfección, ¿qué podría hacer que no encajáramos ahora?

9月10日

Desde Bari

I. Miércoles, 6 de Septiembre.

Escribo estas líneas mientras me bebo una birra (nunca mejor dicho) tirado en la cama de la habitación 105 del Hotel Boston de Bari, Italia. Acabo de volver de recorrer de punta a punta la ciudad, con bañito en la pequeña cala al sudeste de la misma incluido, son las ocho de la tarde y pienso quedarme aquí tirado un par de horas antes de salir de nuevo a tomar algo por el centro, a cinco minutos escasos de aquí. Vida cool. Sin embargo, sigo cada día más convencido de que soy el ser humano con la suerte más irregular del mundo.

Considero que mi viaje a Bari ha sido afortunado y positivo, tanto personal como profesionalmente. Pero durante las primeras 12 horas del mismo, jamás habría pensado que esto podría acabar bien, ni empezar tan mal. El vuelo transcurrió sin grandes percances, Alitalia no es muy generosa con los almuerzos en vuelo, pero cuando sobrevolábamos Mallorca, el piloto nos avisó y yo tenía asiento de ventanilla, así que queda compensado.  

En Bari fue donde comenzaron los problemas. Mi maleta no salía por el pasillito mágico de las maletas y me resultaba inevitable recordar lo que me ocurrió al volver de Bucarest… Aquél también fue un vuelo accidentado… Finalmente se confirmó lo que sospechaba. Yo había salido de Roma, pero mi maleta no. Ya sabía lo que había que hacer, le conté cómo era mi maleta a la empleada de turno (una de las pocas italianas carentes de atractivo y capaces de hablar inglés que me he encontrado en Bari), di mi dirección de aquí, fui presa del pánico al explicar que me quedaba solamente unos pocos días en la ciudad, y me disponía a irme cuando vi que otras gentes que estaban en mi misma situación seguían en el aeropuerto. Me enteré de que esperaban al siguiente vuelo de Roma, por si acaso llegaba allí su equipaje. La situación era realmente problemática, me encontraba en una seria dicotomía: salir para Bari e intentar encontrar algo de ropa decente para la reunión del día siguiente o esperar a ver si había suerte y mi maleta llegaba en uno de los tres siguientes vuelos. Como tenía que empollar cierto papeleo y no podía perder tiempo comprando ropa, me decanté por esperar mientras chapaba. 

Hice mal.

Perdí una tarde (y noche) de mi, ya de por sí, corto viaje a Italia y ni siquiera recuperé la maleta. Tanto pensar en cómo debería presentarme a la dichosa reunión para acabar yendo con la misma camiseta que había llevado todo el día de viaje. Una camiseta de Kukuxumuxu con un camaleón en guerra contra las moscas. Y un vaquero de bolsillos. Y yo que había barajado ir en traje… Mi pobre camisa y pantalón de hombre de bien me echarían de menos. 

Al día siguiente estaba tan ocupado mentalizándome de que podría dar una buena impresión pese a la imagen que no me di cuenta de mi nuevo problema hasta que se me echó encima. Salí con tiempo de sobra hacia el Campus. Tiempo de sobra para ir en taxi, claro… Claro que no contaba con que podría no encontrar un taxi… Aún así, me hice con un mapa (caro de cojones) y llegué por propio pie, para descubrir con horror que eso era enorme y que me quedaban cinco minutos para descubrir dónde tenía que ir. Ni siquiera sabía a qué edificio era, así que probé suerte preguntando a todo quisque en la Escuela Politécnica, garito de ingenieros. Después de bastantes vueltas y de intentar telefonear a la gente del meeting cuyos números tenía, una chica muy amable (curiosamente también del minoritario grupo de mujeres poco o nada atractivas de Bari), me llevó hasta secretaría porque no sabía darme indicaciones precisas en inglés. En secretaría me llevaron a una sala de profesores, porque tampoco hablaban inglés, y conseguí que “el” profesor que hablaba inglés me echara un cable.

Cuando le pregunté si sabía dónde podría estar celebrándose una reunión de un proyecto europeo, el pobre hombre no supo de qué narices le estaba hablando, así que le pedí que me dejara mirar mi correo electrónico para ver la dirección a la que tenía que ir. El surrealismo era palpable. Allí estaba yo, en una sala de profesores en la Escuela Politécnica de Bari, Italia, mirando mi correo mientras escuchaba cómo “el” profesor que hablaba inglés le contaba a otra gente en italiano que yo era un alumno que se había perdido. Mis intentos por explicar que no era alumno fueron en vano. Bien, era en otra facultad del mismo Campus. El profe angloparlante me indicó el camino, yo dije “gracie” y me piré escopetao. 

Afortunadamente y pese a todo no llegué más que 20 minutos tarde y no falté a nada realmente importante. En las reuniones me sentía sólo parcialmente cómodo. La gente allí tenía entre más y mucha más edad que yo… Pero bueno, en las cuestiones técnicas, todo fue bien.

Por la tarde salí a hacer las compritas mínimas indispensables para poder presentarme adecuadamente a la cena de esa misma noche. Me niego a describir aquí mi kit de supervivencia, pero incluía gomina o peine y camiseta a rayas, que para algo estoy en Italia. Recorriendo las calles comerciales de Bari a velocidades sobrehumanas fue cuando me empecé a dar cuenta de la asombrosa veracidad de dos aseveraciones: 

1-     En Italia se circula horriblemente mal. Tanto conductores como peatones y, especialmente los motoristas. Decidí cruzar una calle cuando el muñequito estaba en verde y, no sólo estuve a punto de ser arrollado por un coche que no hizo el más mínimo intento de parar, sino que, además, el conductor hizo sonar el claxon al pasar frente a mí. En Italia, cuando cruzas una calle, ten cuidado; cuando cruzas una calle por un paso de peatones, ten cuidado; si además hay semáforo, ten cuidado; si la calle es de un solo sentido y no viene nadie por donde es legal, ten cuidado con el otro lado; si es un cruce de calles peatonales, ten cuidado también. Las motos, ciclomotores y demás, reinan en Bari. No tienen límites de ningún tipo, he observado que existen mecanismos para intentar retenerlas, complicadas pasarelas para evitar que los vehículos de dos ruedas se cuelen dentro de las calles peatonales, pero no están en todas las calles, así que el triunfo de estas pasarelas es escaso.

2-     La aseveración número dos podría ser tachada de machista, cuando es una mera opinión estética, de modo que me la ahorraré. Además llevo más de media hora escribiendo (soy poco prolífico, lo sé) y no pienso dedicaros ni un minuto más. Solamente tranquilizaros diciéndoos que mi maleta llegó por fin al hotel esta tarde, algo después de que terminara mi última reunión de trabajo. Ironías del destino.

 

II. Jueves, 7 de Septiembre, Aeropuerto de Bari.

Ayer me precipité al comentar que el viaje a Italia había terminado “bien”. Ayer el viaje no había terminado, y tampoco lo ha hecho hoy.

Anoche, después de echarme una extraña siesta entre las 9 y las 10, salí a tomar un coktail al centro. Quedé gratamente sorprendido de la agitación que había en Bari a esas horas, y la cantidad de pubs llenos a rebosar. Casi todos tenían terrazas acogedoras y eran del tipo “tomarse algo mientras se charla alegremente”, pero yo usé uno para “tomarme algo mientras observaba la vida nocturna de Bari”. Me retiré prontito porque estaba cansado y no tenía mucho sentido deambular solo y con nocturnidad. Hasta aquí todo seguía yendo bien.

La cosa se complicó más tarde, al ver cómo no aceptaban mi tarjeta en el hotel. No sólo perdí media hora resolviendo el asunto, sino que me quedé además con el dinero justo para el taxi que tendría que llevarme al aeropuerto. Aún así, logré llegar, si bien con el tiempo justo, al check-in… Solamente para que me dijeran que estaban en huelga y el vuelo había sido cancelado. Realmente me eché a reír cuando me dijeron que cambiara mi billete para mañana. Había estado meditando en el taxi cómo lo iba a hacer para conseguir el Euro necesario para ir en metro desde Barajas a la estación de autobuses de Madrid si (tal y como pensaba) había terminado con todo el crédito de mi tarjeta para hoy… Ahora resulta que tenía que pasarme todo un día en el aeropuerto, sin un duro para comer siquiera. La situación era cómica.

Estuve convenciéndome de que el panorama no era tan dantesco, que me las apañaría quemando las calorías sobrantes de la cena del martes, mientras uno de los empleados de Alitalia me colocaba en otro vuelo. “¿Tiene que ser para hoy?” preguntaba… “no tengo dónde ir, ni dinero para comer. Sí, tiene que ser para hoy”. Después de mucho tiempo, trasteando en un ordenador, me consiguió plaza en un vuelo para Milan y de Milan a Madrid. Aún ahora no sé a qué hora salgo de Milan porque la chica de facturación ha conseguido hacerme un buen lío. Al menos he conseguido sacar otros 50€ de un cajero. Podré sobrevivir un día más. 

Bien, pues eso, mi suerte es absolutamente irregular. No todo el mundo tiene ocasión de ir a Italia por motivos de trabajo, y menos al final de un verano en el que Italia había llegado a ser una obsesión. Pero no todo el mundo pierde sus maletas sólo durante el tiempo que las necesita, ni tampoco a todo el mundo le cancelan un vuelo a Madrid cuando no tiene dónde caerse muerto. No obstante, tampoco es habitual que todo se acabe solucionando sorprendentemente bien.

 

III. Epílogo.

A veces me siento orgulloso de conseguir que todo lo que hago se complique. Afortunadamente no ocurrieron muchas cosas más en el viaje de regreso, llegué a Valladolid a las 23:45 con tiempo suficiente para largarme corriendo a las moreras a ver un concierto que Mario me dijo que estaba siendo una pasada. Realmente lo fue. El balance de mi visita a Bari? Sigo pensando lo mismo que pensaba el miércoles tirado en la cama de aquella habitación de aquel hotel: positivo pese a todo.